Fernanda Raiti

Educación en Valores Humanos. Comunicación Social

2.2. En voz alta febrero 4, 2010

¡Has hallado un botón de muestra!

A continuación un fragmento del texto “En voz alta, acerca de las escleras y cómo tirarlas”.
En sus líneas ofrezco con dinamismo y humor una reflexión profunda acerca del fenómeno social de la comunicación que genera en el lector nuevas dimensiones de percepción de los significados socialmente compartidos.

La voluntad de verdad, lo comunitario y el olvido.

“La Divinidad consiste en un círculo

cuyo centro está en todas partes

y la circunferencia en ninguna”

Pitágoras.

Los científicos (sociales y de los otros) nada sabemos.

A lo sumo podemos vanagloriarnos por nuestro conocimiento intelectual.

Y como ese conocimiento permite alterar efectivamente algunos aspectos del mundo material, se cree generalizadamente, que es un conocimiento real. Pero no se preocupen, ¡no empezaremos nuevamente con aquello de lo real!

O sí… pero de un modo distinto.

…Lo haremos desde lo que habíamos quedado la vez pasada. Es decir, desde la comunicación social como práctica política y la necesidad de pensarla desde una “ética práctica”.

Traje parte de la caja de herramientas para ello. Era así:

1- Poner en duda la voluntad de verdad.

2- Devolverle al discurso su carácter de acontecimiento.

3- Levantar la soberanía del significante.

¿Qué hacemos con este kit de primeros auxilios? Pues, intentar aplicarlos. Aunque no siguiendo al pie de la letra los pasos propuestos por Foucault, sino tratando de trazar nuestro propio camino.

1 – Poner en duda la voluntad de verdad.

Para empezar, ¿conocen ese chiste de Quino, donde está Dios sentado sobre una nube leyendo un libro gordote que se llama “las leyes de física” (escritas por los seres humanos)?

Dios lee las leyes de física, lo más verdadero de lo verdadero, lo más real de lo real… y se destartala de risa.

¡Qué bueno poder reírnos de la física! Pero para eso, para reírnos, primero deberíamos poder entenderla. Y no solo eso, entenderla y tener la sabiduría que nos permita darnos cuenta que es pura broma… tener una sabiduría como podría tenerla Dios.

Pero nosotros, en las ciencias, no podemos hablar de sabiduría.

Y mucho menos nosotros, los científicos de la comunicación social. Nosotros solo podemos poner en duda la voluntad de verdad.

Las ciencias de la comunicación social, como disciplina, son sumamente abarcativas y consiguientemente, poco delimitadas en cuanto a su objeto de estudio y a sus modalidades.

¿La voluntad de verdad de quiénes, es la que vamos a poner en duda? Primero que nada, la nuestra. Eso sería caridad bien entendida: empezar por casa.

Si se parte de la premisa de que la realidad, tal como puede ser aprehendida por el ser humano, es aquello que significa, entonces, todo lo que se encuentre en la significación es parte del objeto de estudio de las ciencias de la comunicación social, ya que ésta se aboca al estudio, justamente, de las significaciones.

Evidentemente existen campos de aplicación sumamente prácticos y concretos, como la producción y conducción de programas mediáticos, la investigación periodística, la planificación comunicacional de una institución, la docencia, etc. Pero todas estas prácticas, que pueden con toda justicia incluirse dentro de lo que entendemos por la práctica de la comunicación social, no logran ni por asomo definir cabalmente qué son las ciencias de la comunicación social.

“No hay temas inadecuados, sino tratamientos pobres”, dijo Viezer en una clase de Promoción Comunitaria, y se me quedó grabado.

El comunicador social puede abordar todos los campos, solo que corre el riesgo de no saber cómo tratarlos.

Entiéndase cuando digo esto, que al abordar un campo, lo hará siempre sobre la base del estudio de las significaciones sociales, de las prácticas sociales que conforman determinados imaginarios sociales, de los fenómenos que hacen a una determinada comprensión de la existencia humana en tanto que sujetos sociales y a un determinado modo de relacionarse entre sí.

No importa cuál sea el campo o tema de interés. Todos, absolutamente todos los temas, pueden ser estudiados desde las ciencias de la comunicación social.

Lejos de ser esta postura una soberbia omnipotente, es más bien una preocupación seria.

Dios se ríe a carcajadas de las ciencias…

(¿Habrá aún una copia del segundo libro de Aristóteles, donde tanto promete tratar el tema de la risa? ¿Qué ciego y apocalíptico anciano lo custodia?)

Considero que la pregunta por la felicidad social es crucial, y que las ciencias no se encuentran ni mucho menos, en condiciones de darnos una respuesta. ¿Lo están?

¿Pueden las ciencias de la comunicación social abordar el tema de la felicidad social?

Hablar con el científico sobre la felicidad puede producir una incomodidad primordial. Pero de nada sirve el salir corriendo, hemos visto que esta incomodidad nos sigue como la propia sombra. Es, en parte, la línea acentrada, la diagonal.

En las últimas teorías de comunicación social que describí, se hace patente una similitud de conceptos entre los autores. Llámenle red social de sentido, magma de significaciones, imaginario social, puntos nodales y hegemonía. Son las teorías que más me convencen, y no se me escapa que es porque son mis contemporáneas. Hay en mí una voluntad de verdad hacia ellas.

¿Pero, en qué aporta esto a la felicidad social?

El punto que más me atañe, es que la comprensión de la comunicación social hoy en día ha llegado a la aceptación de lo no dicho, lo invisible, lo que escapa al sujeto y al objeto.

Y la comprensión de este aspecto de la comunicación social, es precisamente la comprensión de lo limitado y reducido que es el espectro que efectivamente significa.

Cuando mostrás una red todo el mundo ve los hilos que la unen y nadie mira los amplios agujeros formados entre estos hilos: lo que la red es pero no es. Pues bien. Tras décadas de estudiar la red semiótica, al fin, los grandes espacios vacíos han sido “vistos”. Se ha visto lo que no se ve, el agujero negro, el vacío.

Esto es bastante parecido a la mecánica cuántica.

Lo que para la física era “materia sólida” hace un siglo, hoy es una revelación sorprendente: lo que realmente existe no es materia sólida, sino vastos espacios vacíos, intercalados con danzantes y pequeñas ondas de energía.

De una invisible e inasible totalidad de sentidos, solo una mínima parte se cristaliza.

Entonces, a un nivel práctico, el comunicador social podría “promover” la práctica de la autonomía discursiva y la consecuente cristalización de nuevos puntos nodales, más acordes a las necesidades de los individuos, echando mano a una serie de “técnicas”, como la planificación estratégica, la participación, el acceso, la promoción de la identidad comunitaria…

¿Pero, desde qué voluntad de verdad?

Analizaré esta voluntad de verdad desde mi especialización, que es la comunicación comunitaria.

Analizaré la voluntad de verdad de esta ciencia a partir de sus presupuestos básicos:

En primer lugar, el comunicador comunitario se podría definir como aquél que se asoma a la comunicación entendiéndola como un fenómeno de compromiso social, permitiendo así comprender a la comunicación comunitaria como un fenómeno mucho más rico y abierto al cambio que su mera y rígida noción instrumentalista (como intercambio de datos).

En segundo lugar, el diagnóstico y la planificación comunicacional contempla a los mismos actores pertenecientes a la comunidad como a los protagonistas del cambio. Porque nadie se ha emborrachado nunca a base de comprender intelectualmente el significado de la palabra “vino”: hay que vivir la experiencia para poder saber en qué consiste. Esto deriva también en brindar la noción de responsabilidad ante la propia realidad y de la posibilidad de su transformación. No siempre es posible llevar adelante un diagnóstico y planificación participativos, pero creo en esto debe jugarse todo el esfuerzo y creatividad del investigador.

Por último, resulta fundamental para el comunicador comunitario que navega en el escucha de otros, que pueda dar cuenta de su propio escuchar, de su propia subjetividad, presentándose desde lo que Maturana definió “la objetividad entre paréntesis”.

Se suele proponer al lenguaje como modelo de comprensión, diagnóstico y resolución de dificultades a nivel comunitario y el lugar destacado de las conversaciones dentro de dicho modelo son un punto de partida interesante. Le queda sin embargo al comunicador comunitario mucho aún por escuchar, por dilucidar y por comprender para definir su identidad profesional.

Esto que propone la ontología del lenguaje respecto a “escuchar”, es en verdad una propuesta generalizada de muchos autores actuales, incluyendo también a los que trabajan con instituciones desde la psicología.

Ahora que tenemos esta voluntad de verdad mínimamente definida, procuraré ponerla en duda.

…propondré algunas dudas a voluntad. Son breves y pocas, lo sé. Pero es para dar una idea. Porque si fueran muchas y extensas, serían otra tesina.

Primera duda breve: ¿está esto cocinado?

… Yo soy comunicadora comunitaria, y por tanto, me interesa mucho el lugar del analista comunitario como un escucha.

El problema es cómo respetar el carácter singular de la comunidad con la que se trabaja, es decir, cómo realizar un análisis comunitario sin caer en esquematismos y moldes teóricos previos. He leído en los últimos años algunos instructivos, enumeraciones, puntos a seguir para abordar y comprender, al menos inicialmente, una realidad institucional dada. “Haga esto”, “haga aquello”. Diagnostique, acote el marco teórico, planifique, evalúe.

Entonces se cae en la receta archiconocida, en la que uno mezcla ya sin pensarlo mucho, un poco de semiosis, con una pizca de entrevistas semiestructuradas, bastante de teoría psicoanalítica como quien mezcla azúcar con leche, huevos y harina.

Segunda duda breve: ¿de cuántos es mi teoría?

…Yo soy comunicadora comunitaria y por tanto, me interesa mucho que lo comunitario exista. Entonces, entiendo las significaciones como multiplicidad de determinaciones emergidas de un imaginario social, es decir, colectivo, para así poder analizarlas en su nivel comunitario. Pero resulta que en la actualidad se da el extraño proceso en el que el imaginario social apunta a una individualización extrema. Nada de comunitario. O digámoslo así, para ser más precisos: se da una individualización colectiva. La propuesta posmoderna es “yo soy único, narcisista, sano, relajado y bello”. Claro que cae en la trampita de la estandarización. Todos son únicos en ser sanos, relajados y bellos… Pero esto no resuelve el problema del profesional de la comunicación comunitaria. El problema es, que se le desdibuja su objeto de estudio, su fuente de trabajo. Lo que comparte comunitariamente el sujeto posmoderno es el querer ser individuado al máximo. El delirio es la teoría de uno solo, afirma Lacan. Es extraño. Porque estamos en una suerte de delirio colectivo.

Tercera y última duda, breve pero no tanto: ¿quién es el lobo feroz?

Calculo que todos conocen el cuento de caperucita roja. Repasémoslo brevemente. Caperucita va a visitar a su abuelita, se encuentra con el lobo por el camino, le cuenta a dónde va, llega a lo de su abuelita y la encuentra distinta…

Principio de enrarecimiento.

Caperucita la observa y es su abuelita pero a la vez es otra cosa, el orden de las cosas está trastocado, agrandado, exagerado, sobredimensionado.

-¡Qué orejas tan grandes tienes!, le dice caperucita a su tierna abuelita.

-Para escucharte mejor, responde el lobo.

Pues bien. Se halla presente, en muchos autores contemporáneos, la inquietud de saber escuchar y de reconocer el lugar de lo simbólico, de un imaginario compartido a nivel institucional, de lo latente, silencioso o no revelado de las relaciones que se establecen entre sus integrantes.

Lapassade y Lourau, en Claves de la Sociología, por ejemplo, reconocen este nivel haciendo una propuesta de trabajo analítico que toma los aportes del psicoanálisis y se sitúa desde la negatividad de lo singular. El lugar del no- saber, del deseo de saber y de la relación entre la institución y el analista.

Relación que en una voluntad de verdad puede ser la de caperucita y el lobo… Y en la historia de verdad, donde no llega ningún cazador a salvar a nadie.

El lobo es el comunicador comunitario que construye y articula su práctica en una suerte de ferocidad del “escucharte mejor”. Tengo orejas grandes, ya lo has notado porque me he esmerado para que así fuera.

El comunicador comunitario dice ser lo que no es. Defiende el habla comunitario y el escucha. Dice tener orejas grandes para oír mejor. Pero mientras no considere la “teoría general de la relatividad”, como les dijera la reunión pasada, entonces solo tendrá oídos para el eco sordo de sus propias teorías, de sus recetas de cocina y procurará inventar un sujeto comunitario que lo único que tiene de comunitario, lo único que tiene en común, es querer individualizarse al máximo.

2- Devolverle al discurso su carácter de acontecimiento.

Si pese a las breves dudas anteriores, aún vamos a proseguir con esto de ser comunicadores comunitarios, entonces… ¿cómo pasar este segundo desafío? Yo solo tengo una pequeña idea y es ésta.

Hay una novela de Vargas Llosa titulada El hablador. Se trata, básicamente, de un hombre que se retira de su vida urbanamente normalizada y se adentra en la selva amazónica, donde establece una relación muy particular con los nativos del lugar.

Éstos, totalmente fuera de los esquemas de “civilización” de la modernidad, viven en pequeñas comunidades, cazando, pescando, educando a los niños con una gran gama de mitos y leyendas.

Pero no les alcanza para sobrevivir. La modernidad se les ha echado encima como un gigantesco fantasma y los congela de frío, los aleja del fuego primitivo en torno al que su comunidad cobraba sentido.

En eso están, en desaparecer, cuando se presenta nuestro personaje, el hablador. Él lleva un loro en el hombro y en verdad este loro es el símbolo mismo de su persona. Lo que él hace, es ir de un pequeño grupo de nativos a otro, y repetir las historias que le cuentan. Repite como un loro. Y los salva.

La comunidad vuelve a estar unida. Escindida físicamente, tienen de nuevo una historia como partida, el hablador les ha devuelto la presencia comunitaria, les ha obsequiado sus historias, como lazo irrompible, así como irrompible es el agua que corre por un río. Esto me parece que es una bella descripción de lo que es devolverle al discurso su carácter de acontecimiento. Ubica al discurso en el lugar de la experiencia.

Esto también está en Canclini, cuando cuenta cómo las comunidades mexicanas limítrofes con los Estados Unidos viven en pleno acontecimiento. Familias y grupos con fuertes lazos culturales, que han quedado divorciados por esta necesidad económica de irse a trabajar lejos.

Sin embargo, siguen sintiéndose una comunidad.

Ellos se mandan cassettes grabados. Graban las fiestas, graban las voces chillonas de los niños y las lágrimas de las abuelas. Graban los noticiarios de la radio, graban al relator exaltado dando los resultados del torneo local de fútbol.

Y cuando cuenta sobre las artesanas que encierran a los “diablos” en sus piezas cerámicas. Los turistas exigen la firma de la artista en cada pieza, exigen individualización, ruptura del vínculo comunitario que tienen estas mujeres. Y ellas firman. Pero firman con el nombre de cualquiera de ellas, o de alguna otra, que quizás no exista. La creación de un “diablo” no le pertenece a María Elvira o a Josefina. Los diablos son de todas. Los diablos las mantienen unidas.

(Hay innumerables ejemplos más, como el del fracaso para la erradicación del Cuy como animal doméstico en Ecuador, pero creo que con estos alcanza)

En fin.

¿Cómo podría el comunicador comunitario avanzar en un sentido como éste? ¿Cuál es el carácter de acontecimiento del discurso?

Fernando Flores, junto con una serie de investigadores latinos propone una ontología del lenguaje, como modelo de análisis de las organizaciones que puede aplicarse también a otros sujetos colectivos, que generalizaré como “lo comunitario”.

Plantea que el lenguaje constituye a los actores en el mundo. Las conversaciones pautan las relaciones de los hombres estableciendo compromisos y posibilidades.

El lenguaje como invención  y constitución de la realidad. Habitamos en el lenguaje y esto pone al lenguaje en un nivel de existencia, ontológico.

Este modelo permite el acceso a lo concreto, a las conversaciones que mantienen los actores y que a su vez los sostienen, les delimitan el universo en el que se mueven y les otorga criterios de una identidad propia.

Las conversaciones conforman el trasfondo de escucha de dichos actores. Los mismos, al compartir un escucha, se consolidan como comunidad: tienen una historia y un modo común de ser, de desplegar al mundo, a su realidad y sus posibilidades.

El rol del comunicador comunitario podría definirse entonces como el de aquél que es capaz de llegar a esa matriz común y poder poner a este escucha en el escenario mismo de la acción, la toma de decisiones y la definición de posibilidades para el futuro. De esta forma, el modo “lanzado” de accionar de las comunidades puede comprenderse en sus bases y cimientos, en su misma lógica, y producir un cambio a partir de ello.

No se propone con esto un análisis semiótico y teorizante sino todo lo contrario. Se trata más bien de evidenciar que ese modo “lanzado” de ser, del funcionar diario, de los estados de ánimo y de las dificultades responde a un escucha que puede ser transformado.

Flores llama “movilización” al proceso de cambio, aportando de este modo la idea de movimiento y flujo. Una comunidad para mantenerse viva debe ser capaz de escucharse a sí misma y de descubrir de este modo sus propias fuentes creativas y autotransformadoras.

En este sentido quisiera agregar algo que en Flores no está negado, pero tampoco se hace hincapié, que es la importancia de generar procesos participativos. Procesos en los que los actores vayan siendo capaces de hacerse cargo  de su propia realidad, asumiendo el modo en que sus conversaciones diseñan su mundo.

Es la comunidad como aquella que mejor conoce su propia escucha y como la única que sostendrá y hará perdurar en el tiempo los cambios (la movilización) propuestos.

De otro modo, el comunicador comunitario corre el riesgo de ponerse en la actitud distante del médico que diagnostica únicamente desde sus propios saberes, lo que a nivel comunitario deriva en una profundización de la “patología”. En este punto, la propia experiencia de la comunidad se torna fundamental, ya que implica un importante grado de responsabilidad respecto a la propia realidad.

Implica, quizás, con mucha buena voluntad de verdad, que el discurso retorne a ser acontecimiento.

3 – Levantar la soberanía del significante.

Por último, estamos ante la soberanía del significante. Prometí hablar de este tema.

Dije ya anteriormente que este punto es muy delicado. Se puede prestar a confusiones y no sólo por aquello de no volver a caer en el modelo binario de significado y significante, sino que puede dudarse si “levantar” la soberanía del significante apunta a “elevar la soberanía” o a “derrocarla”. Y no es lo mismo, como resulta evidente, sino que es todo lo contrario.

Creo que se puede dudar de que el significante sea soberano… y si no lo es, su soberanía podría ser elevada, instaurada, para oponerse al reino del significado. Pero sin embargo, yo insisto en el sentido opuesto, el de derrocar la soberanía del significante. A mi entender, lo que Foucault propone aquí, y que también es retomado por Deleuze y Guattari en Rizoma, es no sólo que el significado no es soberano, (sobre esto no había discusión), sino que tampoco lo es el significante. Lo que estos pos-estructuralistas nos proponen va mucho más allá de ambos conceptos. El libro no es para ser comprendido, no hay nada que interpretar en él, sostienen Deleuze y Guattari, el libro debe ser “una pequeña herramienta en un exterior”. Foucault, por su parte, sostiene que los principios para el análisis deben basarse en la exterioridad del discurso, es decir, no ir al interior del discurso, sino que a partir del discurso mismo, debe irse hacia sus condiciones externas de posibilidad. Y esto justamente, es lo que permite devolverle al discurso su carácter de acontecimiento. El acontecimiento es el opuesto a la noción de creación. La condición de posibilidad es el opuesto a la significación (tanto del significado, como del significante).

Aplicando esto a la comunicación social,  plantearé la cuestión del siguiente modo:

En la película Memorias de Antonia suceden cosas muy llamativas. En primer lugar, Antonia tiene memoria. Y eso ya casi es demasiado.

Si tomamos por válido lo que sostiene Castoriadis,  podemos afirmar que la memoria no ha sido el punto más fuerte de la filosofía occidental.

Ya desde Aristóteles, plantea este autor, ha habido un descubrimiento de una imaginación radical, un imaginario instituyente, que es aquella que instituye las significaciones sociales. Ya desde Aristóteles, también, ha habido una negación del descubrimiento de dicha instancia instituyente. Un olvido.

Leo una parte de Los dominios del hombre, de editorial Gedisa, 1988. En la página 149, donde dice:

“A pesar del riesgo de caer en la unilateralidad, resulta esclarecedor concebir la historia de la filosofía dentro de su corriente central como la elaboración de la razón, homóloga a la disposición del ser como ser determinado, esto es, atendiendo a la determinación (peras, Bestimmheit). El riesgo en cuestión, reducido cuando se tiene conciencia de él, no es en sí mismo muy grave. En efecto, lo que no procede de la razón y del ser determinado siempre fue asignado, en esta corriente central, a lo infrapensable o a lo suprapensable [… …]

En todo momento, esta posición acarreó el encubrimiento de la alteridad y de su fuente, el encubrimiento de la ruptura positiva de las determinaciones ya dadas, de la creación, no ya como simplemente indeterminado, sino determinante, es decir, disposición de nuevas determinaciones. En otras palabras, aquella posición determinó en todo momento la ocultación de lo imaginario radical y, correlativamente, la ocultación del tiempo como tiempo de creación y no de repetición.”

Esta ocultación se ha repetido, para Castoriadis, a lo largo de toda la historia de la filosofía. Salvo en excepcionales casos, como el de Aristóteles o Kant, el asunto ni siquiera se plantea. Y en estos excepcionales casos, se plantea para ser rápidamente sofocado su fuego y desterrada su llama a los territorios del olvido.

El instituido se brinda a sí mismo como eterno, originario, cuando en verdad no es más que convención humana, no es más que instituyente. Y pese a que a lo largo de los siglos, los seres humanos se han esmerado (y con mucho éxito) en olvidarse de este asunto, también el instituyente se ha esmerado y la imaginación radical ha generado cambio social.

Este olvido es simplemente descomunal. Es un olvido contra viento y marea. Es el olvido de una instancia creadora de nuevos sentidos, cuando la constitución misma de todo el fenómeno histórico-social no hace más que evidenciar esta instancia y traernos su recuerdo. Recuerdo que, una y otra vez, es hábilmente alejado… Un círculo vicioso, un gris laberinto.

Pues bien. El imaginario instituido recubre y niega al imaginario instituyente.

Althusser, por su parte, también reflexiona respecto a cómo todos los seres que salen de la existencia meramente biológica y pasan a la existencia humana sufren sí o sí una amnesia colectiva. Borran de una vez y para siempre el recuerdo de la batalla que ha librado cada uno de ellos, en la que han vencido y han sido víctimas de esa victoria. No se refiere Althusser a otra cosa que a la teoría de Lacan respecto al ingreso de la pequeña criatura a la Ley del Orden, que es la de lo simbólico, y que Althusser prefiere bautizar como la Ley de la Cultura. El “efecto” de devenir humano es el inconsciente. En él, la memoria queda enjaulada, aprisionada, en una “estructura del desconocimiento”. Sin embargo, Althusser se niega a sí mismo con toda su teoría respecto a la economía como determinante, a los aparatos ideológicos de estado, etc. También él, recuerda y olvida.

Por último, hay quienes reflexionan sobre este aspecto enumerando los olvidos. Como Pecheux. Él se cuestiona cómo es que se olvidan las condiciones de producción. El olvido número dos es el menos serio de todos: se encuentra en el nivel preconsciente. Define a la enunciación como un proceso en el que se dan “determinaciones sucesivas” en las que el enunciado se constituye poco a poco y donde se selecciona qué decir y se rechaza el resto. Esta zona de lo rechazado se halla al nivel de una ocultación parcial, y por tanto, si el sujeto es invitado a explayarse, puede develar su encubrimiento. Explicitarse. Nombrar algunas de las determinaciones sucesivas que lo llevó a decir lo que dijo.

El olvido número uno, en cambio, es un caso serio. De terapia.

Aquí, para Pecheux, toda “secuencia” pertenece a una formación discursiva que le da sentido, pero esta formación discursiva es rechazada por el sujeto, dejada de lado. Él se limita a su “secuencia” y cree estar en la fuente del sentido, lo cual es una ilusión. Pero como este “creer” es a un nivel inconsciente, el sujeto no puede asumir que su “secuencia” no es más que un retorno a una forma discursiva previa. Un retorno a las condiciones de producción.

Entonces, Foucault dice: levantar finalmente la soberanía del significante. Es el tercer paso. Y es la consecuencia directa de los dos anteriores.

Para que el discurso no se anule en su realidad y su enrarecimiento no nos robe la memoria.

Por eso les decía que Antonia, la de la película, es bastante llamativa.

Me pregunto cómo es que Antonia tiene la particularidad de tener memoria. Se me ocurre que ella no ha caído en el olvido, ni en enumerarlos, porque fue recibiendo, aceptando, dando cobijo, a lo largo de su vida, a todo ser y a toda situación que por su alteridad, por su lado oscuro, por su diferencia, no hacían más que recordarle a los gritos que no hay Orden alguno. Cobija a la autonomía discursiva en su totalidad.

Respeta y acepta al cura que dejó los hábitos, a la pareja de tontos del pueblo, al viudo con muchos hijos, a la mujer que ama parir hijos a morir, a su hija lesbiana, a la maestra amante de su hija, a su amigo filósofo suicida, a su nieta, a la mente brillante de su nieta y por último, a su bisnieta, que ve los fantasmas de los muertos de la gran familia.

Antonia no discrimina, no olvida.

Ésta sea quizás la mejor caja de herramientas que yo he visto en mi vida.

Si me lo permiten, quisiera hacer una interpretación libre sobre el olvido. Es también una despedida.

Grandes filósofos hablan sobre el olvido de los hombres. Y cuando se dan cuenta estos señores grandes que existe más de uno, les ponen números para poder distinguirlos. Para meterlos en frascos de vidrios de colores o en cajones marrones y azules. Y les ponen a todo etiquetas y explican cuáles son estos olvidos.

Grandes pensadores quieren entender por qué pasa que los hombres se olvidan. Y van por la vida como vamos todos, absolutamente desnudos y sin memoria. Claro que para que se note que estamos desnudos, para que nadie crea que somos brutos y bellamente distraídos, nos echamos encima  de los cuerpos ropajes, telas de colores, trozos de algodón hilado y entrelazado y vuelto al árbol, pero en verdad es un árbol distinto. Es un árbol hombre, con raíces en muchos lados, en todos lados un poquito. Y nos sentimos un poco árbol pero nos olvidamos de los lugares por donde fuimos dejando raíces y las hojas. Sí. Nos olvidamos, nos olvidamos, nos volvemos a olvidar. Será por eso que caminamos preocupados, con los ojos en ningún lado y la cara para abajo. Algunos recuerdan un poco y miran para abajo buscando las raíces esas que olvidamos en todos lados, pero otros miran para abajo para no caer en los pozos del suelo urbano, para no forzarnos a ver cientos como yo en la soledad de lo urbano. Así, caminamos, vestidos de algodón y desnudos andamos. A veces cantando canciones, a veces sumando y restando.

Verdaderamente son básicas las operaciones enseñadas en primer grado. ¿Qué harían los hombres que no aprenden a sumar y restar cuando van caminando? Para no hablar de multiplicar que es reservado para algunos privilegiados. Igual. Todos andamos así. Desnudos, sin memoria y sumando y restando. Y no se puede creer en algo más verdadero que esas sumas y esas restas. En algo más fructífero, ya que somos como un árbol. ¡Pero pobres los árboles humanos! Se mantienen derechos. Crecen hacia el sol (por eso la mayoría de noche se pone acostado para acompañar al sol a visitar otros mundos urbanos). Ya no tejen líquenes con los árboles de al lado. Cuidadosas uniones. Frágiles y de un verde musgo colmado de esperanza. Uniones que llevan meses y a veces años. Pero los humanos ven en el musgo hongos que deben ser eliminados. Pobres humanos. El musguito se fue a otro lado y sigue creciendo formando lazos frágiles color verde esperanza. Y los hombres también de los líquenes se olvidaron.

Se olvidaron de sentarse a escuchar; porque están muy ocupados contando y esquivando pozos y ojos solitarios.

Será todo esto porque ya no saben dónde están parados o si están quizás sentados o muertos. Será porque no sabemos estar tristes y dejarnos ser por lo que dura una estrella en encenderse o apagarse que es casi lo mismo pero al revés. Será que entre el cero y el uno ya no entra un sueño con canciones, con flautas, con historias hermosas y mágicas.

No, apenas entre el cero y el uno entran en los números naturales el vacío y entre los racionales, infinitos otros números parecidos al cero y al uno entre los que a su vez entran tantos otros infinitos números, que el día que encontremos entre ellos un espacio para cosas del no-olvidar, como los líquenes y las tortas de cumpleaños, tal vez entonces podamos despegar la vista del suelo urbano y quién te dice, quizás nos riamos junto con nuestras fantasías y con nuestras raíces, que algunos le dicen memoria y que después de todo no duelen tanto.

Fernanda María Raiti

S. C. de Bariloche y Buenos Aires,

marzo de 1998

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